De cuidar carros a ser el jefe directo de 160 personas

Róbinson tiene 37 años y vive en Itagüí. /FOTO: JAIME PÉREZ

Los primeros veinte carros que estacionaban en el restaurante los cuidaba el responsable, con su correspondiente propina. Los siguientes veinte le tocaban a un segundo, y los tres o cuatro restantes, si es que llegaban, le quedaban a Róbinson Andrés Zuluaga, un joven de 16 años que provenía desde Manrique con ganas de hacerse unos pesos en esa actividad.

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Esta historia comenzó en el 2000, recuerda Federico Jaramillo, socio y gerente comercial de Il Forno. “Róbinson era un pelaíto flaquito que cuidaba los carros que parqueaban más lejos del restaurante en San Lucas, por El Poblado”. No era mucho lo que se ganaba, pero desde su arribo se le notaba el entusiasmo y con eso se fue ganando la confianza de los clientes y de los dueños del negocio.

A la cocina

De cuidar los carros, la empresa le dio la oportunidad de entrar a la cocina como ayudante. “Era muy buena persona, amable con la gente y le ponía ganas a todo lo que hacía, era muy serio a pesar de su edad, concentrado, disciplinado y cumplido con los horarios”, dice Jaramillo.

Allí trabajó en el horno de leña, pero al ser aún un restaurante pequeño –Il Forno apenas comenzaba con su expansión– también se dedicaba a otras tareas en la cocina. Luego fue rotando por otros puntos de venta, y a sus labores les sumó la de mesero y asesor de servicio al cliente, uno muy carismático y amable, expresa su jefe.

Todo un jefe

Su disciplina y constancia no fueron en vano. Tanta fue la confianza que se ganó de sus jefes que fue nombrado como administrador de punto de venta de uno de los cuatro restaurantes que ya tenía Il Forno en la ciudad.

“Tenía habilidades para dirigir personal, para ser líder y ganarse a la gente y que esta le marchara. Un tipo responsable, serio en sus cosas, muy bien parado”.

Comenta Jaramillo.

Los dueños estaban siempre cerca de él, le ayudaban en lo que necesitara y de eso fue aprendiendo.

Su crecimiento no tenía techo. Fue encargado luego de la administración de un punto de venta en Cali, y allí, dice el socio, “nos sacó de un problema”. Se adueñó del negocio y mejoró las ventas. Era una de sus primeras veces por fuera de Medellín –si no fue la primera–.

“Es un orgullo para nosotros y nos parecen admirables todos los logros que ha conseguido. Ver cómo una persona que tenía pocas oportunidades
se acercó a la empresa y le pudimos dar los medios para transformar
su vida y ser un ejemplo, eso nos parece tremendo”.

Federico Jaramillo, gerente comercial de Il Forno.

De vuelta a la ciudad

/ FOTO: JAIME PÉREZ.

Cumplido su papel en Cali, Róbinson regresó a Medellín para ser el líder de compras y bodega. Ya Il Forno tenía más puntos de venta y para eso necesitaban un centro de distribución desde el cual despachaban todos los pedidos de los restaurantes.

Su capacidad de trabajo era “tenaz”, afirma Jaramillo, “hacía lo de tres personas al tiempo, era muy berraco para trabajar”.

La confianza plena

Ese recorrido fue su mejor carta para ser elegido como coordinador de puntos de venta de Il Forno y Wajaca, otro restaurante que hace parte de la organización.

“Tenemos 45 puntos de venta y cuatro coordinadores, Róbinson es uno de ellos y tiene 10 negocios a su cargo, coordinando cerca de 160 personas. Estas son las personas de mayor confianza en la empresa y él es una de ellas”.

Róbinson les ha dado a todos una lección de vida, consiguiendo todo con decencia y ética, y con una personalidad que ha hecho crecer a quienes están a su lado.

Por Sebastián Aguirre para Q’HUBO Medellín.


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